Reflexiona – Sal de tu Mente
Lección 1, Tema 1
En Progreso

Reflexiona

Juanjo 02/03/2022

Cuento Zen

Erase una vez dos monjes zen que volvían caminando a su monasterio tras una visita a su Maestro.

En su camino se encontraba un río que habitualmente cruzaban sin demasiada dificultad, pero había llovido mucho y el río bajaba más crecido de lo habitual, por lo que cruzarlo se había complicado un poco.

En la orilla se encontraron a una chica menuda que lloraba desconsoladamente.

El monje más joven le preguntó “¿Qué te ocurre?”

A lo que la chica contestó que tenía que ir a cuidar a su madre que estaba muy enferma, pero que se encontraba al otro lado del río y que por más que lo intentaba no podía cruzarlo porque la corriente la arrastraba.

“Ojalá pudiéramos ayudarte”, le contestó el monje, “pero la única manera sería cargarte sobre nuestra espalda y nuestro voto de castidad nos prohíbe todo contacto con el sexo opuesto. Lo siento mucho, pero no podemos ayudarte”

Al oír estas palabras la mujer lloró aún más desconsoladamente porque al ver aparecer a los monjes pensó que le ayudarían cruzar.

El otro monje se puso de rodillas y le dijo a la chica: “sube a mi espalda”.

Ella no lo podía creer y sin dudarlo un segundo subió.

Aunque con dificultad, los tres consiguieron cruzar el río. Al llegar a la otra orilla, el monje dejó a la chica en el suelo y le pidió que siguiera su camino.

Ella le correspondió con un gesto de gratitud y se marchó rápidamente.

Los dos monjes continuaron con su camino de regreso en silencio, aún les quedaban varias horas para llegar al Monasterio.

Al monje joven le costó contenerse, no dijo nada pero estaba furioso, ¿cómo había podido su compañero llevar a la chica sobre sus hombros?, no daba crédito a lo que había visto.

Al llegar al monasterio, el monje joven se dirigió a su compañero y le dijo:

“Has hecho algo que tenemos absolutamente prohibido, tendré que informar de lo sucedido”.

A lo que su compañero le contestó “¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido?”

“¿Has olvidado que cargaste sobre tu espalda a la chica?”, contestó el monje joven muy enfadado.

Su compañero le sonrió y luego le respondió:

“Es cierto, la ayudé a cruzar el río. Pero hace ya muchas horas que la dejé en la orilla, sin embargo parece que tú sigues cargando con ella”.

¿Te sientes identificad@ en esta historia?

Una parte importante de nuestro sufrimiento proviene de quedarnos “enganchados” a situaciones pasadas no resueltas adecuadamente.

Es importante que no caigamos en la trampa de rememorar una y otra vez aquello que nos dijeron o hicieron y que tanto dolor nos causó, o aquello que dijimos o hicimos y que tanto dolor provocó. 

Lo pasado, pasado está y por más que queramos no lo podemos cambiar.

Únicamente merece la pena volver a él para aceptarlo, aprender y sanar las heridas que nos haya podido causar.

Tampoco ayudan las especulaciones sobre el futuro.

En situaciones que nos superan es fácil que caigamos en el error de fantasear con futuros catastrofistas, cuando la realidad es que por más vueltas que le demos, es imposible saber con certeza qué ocurrirá mañana.

Lo único cierto es que el futuro no existe, se va creando con cada paso que damos, y aunque es cierto que hay circunstancias que no podemos cambiar, sí que podemos cambiar el modo en que nos enfrentamos a ellas, y ésto es algo de lo que sí que podemos ocuparnos en nuestro presente.

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